Jugando a la guerra.

(A todos los que aman la paz, y han aprendido a odiar la guerra a través de los juegos de un niño...)

Tras el imparable avance de los unos, intenso bombardeo de los otros. Asustados, los de allí, huyen al mar despavoridos. Y  los de aquí, y los de más allá, miran y ven en silencio.


La cantinela que desde el televisor se irradiaba a todo el café, no dejaba de retumbar cruel en los oídos de los que disfrutaban de un rato de esparcimiento, de unos momentos de paz. Del laberinto de las mesas, una voz ascendía hasta casi igualarse con el run run del televisor. Era una voz casi infantil que preguntaba: ¿nosotros aquí no tenemos de esos? Voz respondida con rotundidad por otra voz adulta: Sí, claro que tenemos, el Lanza cohetes Teruel. Al escuchar sobresaliendo entre el barullo aquellas terribles frases, Olipem no pudo ocultar una nerviosa frustración. Pasavemira, que hacia tiempo que escuchaba, de puro horror, decidió sumergirse en sus recuerdos...


La patrulla se parapetaba tras el raído seto, al otro lado del camino, donde el césped amarilleaba hasta confundirse con la tierra. En ese lugar, junto al viejo transformador,  un enorme edificio de ladrillo enfoscado de cemento aluminoso, esperaba el grueso del Ejercito Japonés, o tal vez era el Ejercito Alemán, no sé sabe bien, cual era la bandera del enemigo; todo dependía del titulo de la película  que el sábado había en la televisión.



Cuando cuente dos, lanzáis los botes de humo y a la de tres atacamos. –dijo Antonio, aprendiz de líder de barrio y autonombrado capitán de la compañía. Los chavales nerviosos, se apretában contra el seto, agarrando granadas de piedra y  aferrándose  a sus fusiles de palo... Se oyó un grito bien fuerte: ¡DOS! Y cuatro cartuchos de plástico, de los que se usa  en las obras para contener la silicona, abiertos por un extremo y llenos de arena fina, fueron lanzados sobre el camino perdiendo toda su carga en el vuelo, y creando una tremenda polvareda que impedía ver nada. ¡TRES! Saltamos todos del raído seto con fiereza y valor: ¡RATTTATATAATATATATA! ¡PUCHMM! ¡PAHCO! ¡PUCHMM! ¡RATATTATATATA! ¡PAHCO! 


Joaquín,  grito: ¡AHGGGGGGGGGGG! Me han dado, y con gesto un tanto sobreactuado, se dejó caer al suelo en el momento justo en que una señora mayor se acercaba al campo de batalla: ¡JOAQUÍN! ven aquí ahora mismo, que no te lo tenga que repetir ¡JOAQUÍN! No puede ir, esta muerto, le han herido y ha muerto –dijo uno de los chavales de la patrulla. En un segundo, porque solo fue un segundo, el rostro de aquella mujer se nubló, se entristeció, se cubrió de pena y terror; solamente fue un segundo, que enseguida pasó y fue maquillado con una  sonrisa que venia a decir: ¡Quita niño! no estorbes, que busco a mi hijo... ¡JOAQUÍN!
Han pasado treinta y ocho años, pero aquel día justo, en una plazuela del barrio de Campamento; en que un niño que jugaba a la guerra le dijo a la madre que buscaba a su hijo: "No puede venir está muerto, le han herido y se ha muerto". En ese momneto justo se produjo un cortocircuito, un pequeñísimo chispazo en el cerebro del que un día se hizo mayor, y que no ha olvidado, ni olvidará mientras viva, Un chispazo que ha motivado muchas de las acciones que han marcado su vida. Pasavemira, volvió al mundo real, a su mundo real, mejor dicho.  


Las fotografías de esta entrada, pertenecen a las series: "Esperando a un amigo" y "Jugando a la guerra". Han sido realizadas en el verano de 2012 y en el verano de 2015 respectivamente .